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Por JOSÉ MARÍA ROMERA

Nuestras relaciones con la memoria oscilan entre dos mitos: el de los lotófagos descritos por Homero en ‘La Odisea’, aquel pueblo que lo olvidaba todo debido a su costumbre de ingerir las hojas del loto, y el memorioso Ireneo Funes del relato borgiano, condenado a recordar a perpetuidad hasta el más mínimo detalle de cuanto le acontecía. Ambos extremos igualmente dañinos en la vida personal tienen también su reflejo en dos actitudes colectivas, de un lado la que encomienda al olvido la resolución de los conflictos presentes y pasados, y de otro la que sacraliza la memoria histórica como condición inexcusable para la construcción de una sociedad justa y decente. Probablemente hoy sea esta última la más prestigiada, y no sin buenos motivos. Santayana aludió al principal de ellos en un enunciado célebre: «Los que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo».

Pero ¿y si la sobrevaloración de la memoria ocasionara más daños que beneficios? En las sociedades implicadas en procesos de retrospección, el solo hecho de poner en duda la primacía moral del recuerdo sobre el olvido es motivo de sospecha. Se tiende a pensar que quien propone pasar página para que la vida siga está guiado por el interés personal por encubrir unos hechos que le perjudican o lo delatan, o que de esa manera intenta perpetuar una situación favorable para su ideología o su opción política. No parece ser este el caso de David Rieff, el autor de ‘Elogio del olvido’ (Debate, 2017), versión ampliada del controvertido ‘Contra la memoria’ (2012). Basándose en su conocimiento directo de enfrentamientos prolongados como los de Ruanda, Kosovo, Sierra Leona, Israel o Liberia, Rieff analiza las dolorosas consecuencias del pasado histórico convertido en obsesión, para concluir que a menudo resulta imposible restablecer una mínima convivencia si no se deja actuar al olvido. Su advertencia coincide con la ya manifestada en nuestro siglo por pensadores como Todorov (‘Los abusos de la memoria’, Paidós, 2008) o Toni Judt (‘Sobre el olvidado siglo XX’, Taurus, 2008), quienes, lejos de formular una apología de la desmemoria, propusieron mitigar un frenesí recordatorio que en muchos sitios ha conducido a la asfixia del enquistamiento en el rencor y al cultivo de enemistades duraderas o de identidades colectivas sustentadas en el odio.

Si el olvido es una injusticia con el pasado, la memoria es un injusticia con el presente, sostiene Rieff. En ciertos discursos apologéticos del recuerdo se advierte una deliberada confusión entre la memoria histórica como tal y el afán de no cerrar las heridas del pasado. El deber de justicia y de reparación actúa entonces de pretexto para mantener un dolor heredado, como si no hacerlo constituyera alguna forma de traición hacia los antepasados o, en el peor de los casos, fuera a despojarnos de alguna clase de prerrogativa. Hay un error común que consiste en avivar la memoria histórica extendiendo al cabo del tiempo el concepto de víctima y el de verdugo a supuestos herederos, bien familiares, bien ideológicos de aquellos. Lo grave de este mecanismo de forzada re-presentación no es solo que deforma la realidad que con el transcurso del tiempo pretende desvelar, sino que suministra pretextos para una discordia sin fin. A veces da la impresión de que no interesa tanto la memoria -entendida como reconstrucción de lo verdadero- como el ‘sentimiento’ de memoria, la emoción inherente al recuerdo: un estado de ánimo legitimado por su intensidad pasional. «La cuestión de la fidelidad histórica -dice Rieff- casi nunca parece tan crucial como la solidaridad colectiva que dicha rememoración puede generar». Pero, aun admitiendo la frecuencia de esta clase de excesos, ¿cómo desautorizar la causa de la memoria en las abundantes situaciones en que constituye un deber de justicia? Aunque el olvido pueda llegar a ser en ciertos casos un imperativo moral derivado de la necesidad práctica de anteponer la paz a la justicia, a nadie se le puede imponer y menos si ese olvido no es tal, sino un borrado de hechos y datos que nunca se llegó a conocer porque se les sometió a una sistemática labor de ocultamiento.

Las sociedades modernas disponen de una institución -la Historia como disciplina científica- encargada precisamente de velar por esa memoria sin permitir que caiga en el olvido. Pero curiosamente es en esta época de proliferación de memorias históricas de todo tipo cuando menos atención estamos prestando a la Historia, menospreciada tanto en la calle como en la política como en las propias esferas académicas. No hay excusa alguna para legitimar la ignorancia. Los hechos del pasado deben ser conocidos con la máxima precisión, pero eso no significa que debamos tenerlos presentes a todas horas y mucho menos que hayamos de guiarnos por ellos. Ni siquiera en virtud de la legitimación pedagógica invocada Santayana. Porque a veces conocer la historia también sirve para repetir sus peores acciones.