Las luchas por el recuerdo social

clarin.com

Por Carolina Keve

En su nuevo libro, Elizabeth Jelin rechaza la idea de que la memoria se cristalice y se establezca para siempre.

Elizabeth Jelin recuerda la primera vez que visitó la ESMA. El relato del sobreviviente que la acompañó, la atmósfera lúgubre de Capucha, el vacío… La evocación es abrumadora, y la resume en una premisa con ostentación de verdad. “La literalidad obstruye la posibilidad de pensar y sentir”, desliza la socióloga, una de las precursoras de los estudios de memoria en nuestro país, investigadora del Conicet en el Instituto de Desarrollo Económico y Social de Buenos Aires (IDES). En su último trabajo, La lucha por el pasado (Siglo XXI), se detiene a pensar justamente en las diversas formas en que se construyen las memorias sociales, ya no entendidas como simple pretérito sino como terreno siempre en disputa. Desde esta perspectiva, y aunque, como advierte en la introducción, no es un libro que analice la coyuntura, analiza en esta entrevista las políticas de los últimos años. Defiende la pluralidad de voces y cuestiona el lugar del Estado en estos procesos: “Las memorias, los olvidos y los silencios no funcionan por decisión o por decreto”.

–Usted advierte que este momento es de un cambio político. Sin embargo, considera que esto no afecta un acuerdo generalizado sobre la condena al terrorismo de Estado…

–Cuando comparás nuestro país con otros lugares del mundo –como Chile o Alemania durante la década del 80, cuando se decía que no hubo cámaras de gas– se observa que aquí, hasta ahora, no hemos tenido esas formas de negacionismo. Existen relativizaciones de todo tipo, por ejemplo se dice que la dictadura era el mal menor o que era necesaria, pero no escuché una sola voz que diga que no hubo represión o que no hubo torturas. Lo cual no quiere decir que en este momento no haya una embestida fuerte hacia lo que yo pensaba que era un consenso. Esto más allá de las voces disidentes, que siempre existieron. Porque el movimiento que pide “memoria completa” no es reciente.

–Al respecto, ¿qué cambios o evolución advierte en la idea de memoria a 40 años del golpe?

–Justamente, es mi mensaje central en el libro: la memoria no es algo fijo y cristalizado, de una vez para siempre. Y tiene que ser pensada siempre en plural. Hay múltiples memorias, con sus recuerdos, silencios y olvidos. Miro y analizo lo que los actores sociales y estatales hacen, y encuentro que en todo momento y lugar hay actores diversos que recuerdan, silencian y olvidan y a menudo luchan para que su interpretación del pasado sea aceptada por otros y otras. Las “fechas redondas”, por ejemplo, son ocasiones en que se despliegan con fuerza las referencias al pasado y se actualizan recuerdos en escenarios del presente. Pensemos en las conmemoraciones del Centenario, en 1910, y del Bicentenario en 2010; o las controversias que se manifestaron en 1992 a los 500 años de ¿qué?… ¿El descubrimiento de América?, ¿la conquista, el encuentro o el inicio del genocidio de los pueblos originarios? Hasta con las formas de nombrar hay desacuerdos y luchas.

–¿Cuál es su evaluación sobre la política de derechos humanos durante el kirchnerismo?

–Mi intención es comprender la dinámica de las memorias sociales. En el caso argentino, el movimiento de derechos humanos ha sido y sigue siendo un actor central en la construcción de memorias de la dictadura. Es un actor internamente diverso, con momentos de mayor o menor unidad, según los escenarios políticos y la postura del Estado en cada período. Como sucede con todos los movimientos sociales, los acercamientos o confrontaciones con el Estado tienen consecuencias. En este caso, me interesa mirar cuándo los movimientos actúan de manera unificada, como cuando tienen un adversario unificado del otro lado, o cuándo tienden a dividirse con confrontaciones internas. O cuándo, a partir de identificaciones y beneficios, alguna parte del movimiento pierde o gana autonomía en relación con el resto y con el Estado. Creo que una pregunta central, que da elementos para analizar un período o un régimen, es cómo se construye la legitimidad de las demandas y de la palabra. Al respecto, el desafío está en la posibilidad de que las cuestiones ligadas a la violencia política y los derechos humanos se conviertan en un tema de la ciudadanía y no solamente de quienes lo vivieron “en carne propia”, o que la noción de derechos humanos no haga referencia solamente a las violaciones durante la dictadura sino a la multiplicidad de violaciones de derechos, aun en democracia.

–Desde esta perspectiva, pensando cómo son las condiciones del presente las que enmarcan esas memorias sobre el pasado, resulta interesante detenerse en el caso de los hijos de los represores. ¿Por qué cree que emerge ahora su voz?

–En realidad estas voces que se distancian o rechazan a sus padres represores han estado desde antes. Pensemos en la obra teatral de Lola Arias Mi vida después, donde actúa Vanina Falco, una hija que declaró en un juicio contra su padre. Es cierto que la nota a la hija de Miguel Etchecolatz provocó una reacción social sobre algo que estaba, pero no tan visible. Son procesos donde se conjugan diversas cosas. El propio surgimiento de HIJOS en la década del 90 es resultado de un movimiento histórico y una maduración personal.

–Hay pensadores, como David Rieff o Regine Robin, que promueven la noción de “olvido” como mecanismo para suturar las heridas. ¿Cuál es su opinión?

–Yo no promuevo nada, sino analizar y plantear preguntas y dilemas. En este sentido, no parto de un deber de memoria o de lo contrario, una invitación al olvido. Las memorias, los olvidos y los silencios no funcionan por decisión o por decreto. Lo que se puede hacer desde la voluntad política es elaborar políticas de memoria. Y ahí hago la pregunta sobre el para qué de la memoria. La hago, eso sí, desde un ideal de una sociedad igualitaria, democrática y participativa. Y en toda la evidencia que pude recoger y revisar, no encuentro ninguna indicación de que las políticas activas de memoria sobre pasados violentos le hagan mal a la democracia. Por el contrario, posiblemente le hagan bien.

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