Coincide el nuevo Plan Cóndor en desaparecer la verdad

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Años 1974 y 1975. En Washington planificaban cómo dar una gran lección a los pueblos de Latinoamérica para que no intentasen otra opción que seguir bajo su yugo. Ustedes saben que las democracias de nuestra región solo son tales si gobiernan los chicos que siguen las instrucciones del Norte.

Ya habían derrocado a Salvador Allende en Chile y se preparaban para un nuevo zarpazo en Argentina, objetivo que coronaron en 1976. En Uruguay habían instalado una dictadura en el año 1973 con Juan María Bordaberry al frente, uno de los primeros detenidos por la represión fue Raúl Sendic, padre del actual vicepresidente de esa nación.

En Brasil ya gobernaba desde el año 1964 un régimen de facto de esos que movían la cola como perritos simpáticos, así como le gusta al actual mandatario peruano Pedro Pablo Kuczynski. Habían derrocado a Joao Goulart, el famoso Jango, quien intentó hacer un país diferente, pero desde la Casa Blanca le elaboraron una gran factura por ello, más adelante, según indicios, lo asesinaron para que Jango nunca más lo intentara al lado de su pueblo.

En Bolivia también habían dado el golpe en el año 1964, por ahí habían quedado las huellas del Che Guevara. En Paraguay, los gringos gobernaban a través de un sujeto llamado Alfredo Stroessner, ese fue el que más le duró, les salió la barata la cosa con el tipo.

A ninguna de esas dictaduras les cayó una sanción de parte de Estados Unidos, para ninguno hubo un directo ejecutivo declarándolos amenazas. Todos eras recibidos en Washington o por sus intermediarios. Ninguno había obtenido un voto para ganar unas elecciones, todos violaban sistemáticamente los derechos humanos. 30 mil desaparecidos en Argentina, pero hasta un Mundial de Fútbol organizaron en medio de la carnicería. A ninguno de los funcionarios de tales dictaduras le bloquearon cuentas en EEUU. Ellos eran los chicos del Imperio.

¿Sanciones a las dictaduras?

Es que desde la Casa Blanca no podían criticar ni cuestionar lo que ellos mismos habían promovido y financiado: el terrorismo de Estado en la región. No solo apoyaban desde Washington, sino que coordinaban acciones. Una de ellas fue el llamado Plan Cóndor, la estrategia mediante la cual tejieron una red criminal para torturar, asesinar y desaparecer sin límite de fronteras. Nunca le gustó tanto a los gringos la “integración” entre los “gobiernos” de Latinoamérica como en esos años. No había fronteras para la represión.

Según los documentos que atesoraba la dictadura de Stroessner en Paraguay, detrás del Plan Cóndor estuvo el secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger y sus fichas de la CIA. Más de 50 mil desaparecidos fue la consecuencia de todo. Todo un “monumento” a la democracia. Jamás solicitaron desde la Casa Blanca justicia para los responsables de los crímenes, sino el propio Kissinger hubiese pagado prisión.

Desde París o Madrid tampoco hubo mayor preocupación. Total, para la época en España gobernaba Franco que bastantes muertos tenía que contar y bastantes herederos ansiosos por fundar el Partido Popular, la organización política que siguió la lógica del sanguinario dictador.

Hoy hay un nuevo Plan Cóndor en marcha. Tiempos de persecución contra quienes no sean sumisos a EEUU o a las élites locales. Lo sufre Argentina, lo padece Brasil. Por eso tanto linchamiento político y mediático que se trata de ejecutar contra Venezuela. Por eso tantas cosas que se parecen tanto a aquella nefasta década que muchas cicatrices dejó en nuestros pueblos. Veamos dos ejemplos:

El 31 de agosto de 2016 las élites brasileñas consumaron un golpe de Estado parlamentario contra Dilma Rousseff. Wahington dio la bendición al amañado proceso de “instituciones que funcionan”. Desde entonces, el gobierno brasileño resultó secuestrado por una camarilla política y económica que de inmediato se alineó con la Casa Blanca para imponer la persecución como signo.

Una “venganza”, así lo reconoció Michel Temer, el presidente de facto. Se trataba de castigar a Dilma y a las fuerzas de izquierda en Brasil por no amoldarse lo suficiente a sus propósitos, los que hoy van imponiendo. Hoy el pueblo de Brasil sufre la retaliación, impusieron una reforma laboral esclavista, congelaron el presupuesto público por 20 años, van por las privatizaciones y la reforma del sistema de seguridad social.

Élites que van por Brasil que existía antes de Lula Da Silva, aquel que transformó a un gigante dormido en una acción con peso político internacional, con una visión propia y soberana del mundo, el Brasil de la integración suramericana y la multipolaridad. Todo eso es lo que le cobran a Lula y a su pueblo.

Para la trama golpista usaron los medios, los mismos que no lograron cambiar la voluntad del pueblo brasileño para elegir y reelegir a Lula y a Dilma. Los mismos que conforman un oligopolio que estaba acostumbrado a decidir las políticas de gobierno. Esos que forman parte de la “venganza” y son por estos días los mismos que sirven de policía de represión contra la izquierda.

O Globo, el gigante que cayó durante la dictadura militar, fue actor del derrocamiento de Dilma y protagonista de la actual campaña de criminalización, montajes contra las fuerzas progresistas y sus líderes. El pasado 6 de septiembre ejecutaron uno de sus clásicos de manipulación en su portada, intentando incriminar a Lula y a Dilma por los crímenes cometidos por Temer y sus socios.

Una portada a lo “Plan Cóndor”

El 5 de septiembre, la policía brasileña localizó al menos 13 cajas y maletas llenas de dinero en efectivo en una vivienda de Geddel Vieira Lima, exministro de la Secretaría del régimen de Michel Temer. Dicho ciudadano es investigado por delitos de corrupción, en el mes de julio había sido detenido y al mes siguiente le otorgaron el beneficio de prisión domiciliaria.

Desvío de fondos públicos, lavado de dinero y tráfico de influencias se cuentan entre los delitos imputados a Geddel, un dirigente político del PMDB, el mismo partido de Temer. Otros siete ministros o exministros del actual régimen de facto son investigados por corrupción.

La respuesta de O Globo no se hizo esperar, como era inevitable publicar la noticia y las fotos que dieron la vuelta al mundo, optaron por un gran titular con “nuevas denuncias” contra Lula y Dilma, abajo grande la foto de las maletas de Geddel y con letras pequeñitas la leyenda de a quien correspondía el hallazgo. Todo una obra de arte de la manipulación.

Las pruebas eran evidentes contra el exministro Geddel, pero O Globo puso a grandes caracteres en su portada: “Janot denuncia a Lula, Dilma y al PT por organización criminal”. Con siete ministros investigados por corrupción, “la red criminal es la del PT”. Curiosa conclusión periodística. Ya sabemos que a O Globo no le interesa el periodismo, a sus dueños les interesan sus ganancias y el poder.

Rodrigo Janot es el Procurador General de la República. Toda una demostración viviente que en el Brasil de Temer no existe la “sacrosanta separación de poderes” que exige la Unión Europea y Estados Unidos a los países que no le son sumisos. Janot no presentó prueba alguna contra Dilma y Lula, solo necesitaba desviar la opinión pública de los evidentes escándalos que cercan a Temer, las maletas de Geddel.

Los dueños de O Globo deben estar muy nostálgicos. En 2014 salió a la luz un informe del año 1965 en el que el entonces embajador de Estados Unidos en Brasil corroboraba que el dueño del concentrado de medios, Roberto Marinho, participaba en las reuniones de la cúpula de la dictadura. Incluso promovió decisiones, como la de sustituir a un ministro de Justicia por otro que fuera más duro, es decir, más represor.

“Desde las manifestaciones de junio, un coro recorrió las calles. ‘La verdad es dura, la O Globo apoyó la dictadura’. Y de hecho se trata de una verdad y, también de hecho, de una verdad dura”, admitió el grupo comunicacional en un editorial publicado en 2013. Su apoyo a un régimen de facto volvió a hacerse presente con Michel Temer.

Desaparecer la verdad: el plan del macrismo

Durante la dictadura iniciada en el año 1976, era habitual que los medios de comunicación asociados al régimen bombardearan a la gente con noticias donde las víctimas eran convertidas en victimarios. Así los centros clandestinos de torturas no necesitaban de mayor camuflaje para parecer invisibles.

Los verdugos lo tenían todo, los poderes secuestrados, los grandes medios a su servicio y el terror como poderosa arma para evitar la verdad. Lo habitual era hacer creer a la población que los desaparecidos, los asesinados eran víctimas de pases de factura entre las organizaciones revolucionarias y de izquierda.

El régimen pintaba su comparsa de la muerte. Testimonios fabricados, pruebas sembradas, falsos indicios para despistar. Mientras un montón de viejitas valientes daban vueltas frente a la Plaza de Mayo para denunciar a los verdaderos criminales y reclamar por sus hijos y nietos. La dictadura iba por el mundo diciendo que ellos estaban “salvando” a la Argentina, mientras los “subversivos se mataban entre sí”. Desde Washington aplaudían, los 30 mil desaparecidos pasaban inadvertidos y a pesar de traspasarse el poder sin mediar un solo voto, no había cláusula democrática que aplicar, no eran expulsados de la OEA como lo hicieron con Cuba.

En la Casa Blanca lo sabían todo, tanto que el epicentro del Plan Cóndor (ideado por ellos) lo montaron en Buenos Aires, en un centro clandestino de torturas denominado Automotores Orletti. Esos diarios que hoy te dicen que en Venezuela se violan los derechos humanos festejaban cada aniversario de la dictadura, esa que borró del mapa a 30 mil personas: Clarín y La Nación. El plan era y es desaparecer la verdad.

La gente puede volver a desaparecer

Hoy gobierna en Argentina una élite que niega los crímenes y el terrorismo de Estado, que como en la dictadura llaman “locas” a las Madres de Plaza de Mayo. El 10 de agosto de 2016, el presidente Macri llamó “desquiciada” a Hebe de Bonaffini, igual que antes. Ese mismo día, el Mandatario llamó “guerra sucia” a los crímenes cometidos por el régimen de facto, igual que antes. El argumento era el mismo, se justificaba todo porque había una “guerra”, una que ellos inventaron.

La Argentina de estos días se encuentra conmovida por una nueva desaparición en pleno gobierno de Macri. Al joven Santiago Maldonado pareciera que se lo tragó la tierra, luego que el pasado 1 de agosto la Gendarmería Nacional (dependiente del gobierno de Macri), ejecutara un operativo de represión contra la comunidad mapuche de Pu Lof Cushamen, en la provincia de Chubut.

Desde aquella jornada de represión no se conoce nada sobre Santiago y a pesar de que los testimonios indican que se lo llevaron los Gendarmes, la respuesta del Gobierno no ha hecho más que copiar las “extrañas” explicaciones de la dictadura. A la orden del día las insinuaciones acerca de que los responsables de la desaparición de Santiago se encuentran en la propia comunidad mapuche.

Fuentes del Gobierno han acusado a los mapuches de impedir la investigación dentro de su comunidad, la misma que ha sido agredida en innumerables oportunidades por gendarmes y terratenientes. Han dicho que Maldonado pudo haber cruzado a Chile, antes en la dictadura también inventaban viajes a las personas que detenían. Han dicho que simplemente Santiago pudo haber escapado y estar por allí.

Ayer el propio secretario de Derechos Humanos del gobierno de Macri, Claudio Avruj, dio otro golpe a la investigación para descalificar a Matías Santana, dirigente mapuche que atestigua que a Santiago se lo llevó la Gendarmería. “Matías Santana ocupa un lugar muy importante en la estructura de la RAM. Está imputado en muchísimas otras causas”, acusa Avruj. La RAM es una organización social de los mapuches. Seguramente Santana está imputado por defender en otras oportunidades a su pueblo.

Seguramente el interés es desaparecer la verdad. Diego Conrado Héctor, comandante de la Gendarmería, confesó el pasado 25 de agosto que la fuerza que dirige actuó por órdenes precisas del Ministerio de Seguridad. Es decir, por la ministra Patricia Bullrich, quien desde el primer día ha negado que Santiago Maldonado pueda ser un desaparecido.

T/ Chevige González Marcó
F/ Archivo CO
Caracas

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