Ensayos sobre el Horror: Una reflexión del último libro de Paz Rojas

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A propósito del libro “Recordar. Violación de Derechos Humanos: Una mirada médica, sicológica y política”, de Paz Rojas

Recuerdo una entrevista que le hiciera a inicios del 2000 al filósofo francés Jacques Derrida aquí en Santiago, cuando a propósito de los discursos emancipatorios y de su no renuncia a pensar en la revolución, aquella que sin tanta estridencia también significa la interrupción en el tiempo del curso ordinario de la historia, Derrida se centró en el tema de la memoria

“Es difícil escoger aquello de lo cual hay que acordarse, la memoria individual y la memoria colectiva es sre selectiva”, señalaba, puntualizando que “ la memoria de lo peor” era quizás la más indispensable desde el punto de vista político, no solo para evitar que se repitieran los hechos sino por respeto por aquellos que han sido las víctimas, sin número y sin nombre de esta violencia. ¡“Por respeto a las víctimas- reiteraba-, hay un deber de memoria.”¡

“Recordar. Violación de derechos humanos: una mirada médica, psicológica y política”, de la médico neurosiquiatra, investigadora y activista de los DDHH Paz Rojas, trata sobre esto: la memoria del horror analizada desde distintos ángulos, pero fundamentalmente centrada en las víctimas.

Profesora de la U de Chile hasta 1974, autora de muchas obras de estudio sobre los efectos de la tortura y la violación de DDHH en Chile, como la serie “Verdad y Justicia”; “La interminable Ausencia”-Estudio médico, sicológico y político de la desaparición forzada de personas”, también de Lom Ediciones, por citar algunos de sus trabajos, Paz Rojas nos presenta hoy una suerte de biografía, cartografía, o memoria profesional sobre la historia del trabajo de DDHH en nuestro país, o un contundente texto en torno a los efectos de la violencia política en Chile, particularmente la tortura.

El libro, que contiene una selección de trabajos, conferencias, textos de la autora desde su retorno al país, en 1981, hasta el 2013, está estructurado en nueve capítulos, y un conjunto de anexos relativos a la detención de Pinochet en Londres , hecho del cual ella, junto a Víctor Pey, es una de sus protagonistas, y que condensa además de los informes de salud del dictador, otros documentos que sin duda pasarán- si no a la historia de la siquiatría,- claramente a los anales de la simulación o de los diez pasos que enseñan cómo reírse de todo un país sin morir en el intento.

Paz Rojas cuenta en estas páginas como desde que regreso al país, en el 81, las amenazas telefónicas efectuadas en la impunidad del anonimato y del estado de sitio, donde por supuesto anticipaban su muerte, cómo los insultos se fueron sucediendo a lo largo de los años como datos de la causa, que no impidieron que se integrara al Codepu, -Corporación de promoción de defensa de los derechos del pueblo- del cual se constituiría en su motor y sin duda en la pesadilla de los represores.

Esto porque desde ese espacio encabezó junto a todo un equipo de profesionales no solo la defensa de los DDHH violentados en miles de personas, sino la atención a las víctimas de tortura y violencia política, y luego el estudio sistemático de los efectos del horror en ellas.

Cuenta nuestra Dra. Rojas, que en esos inicios un día le pidieron que entrara a la cárcel para ver a un joven que luego de estar unos días desaparecido , había sido llevado a ese recinto: “Al verlo, nos narra, percibí a la distancia un estado de conciencia semicrepuscular, además estaba agitado, desesperado, hablaba en forma incoherente, decía: “me torturaron , me desnudaron, me fotografiaron, me filmaron, me sentaron en una mesa , bien vestido pero sin pantalones , desnudo, y me hacían preguntas que debía responder; cada vez que vacilaba, por abajo del escritorio me aplicaban corriente en los testículos”. Lo repetía una y otra vez, escribe Paz Rojas. Por años lo atendí, continúa, ahora no sé nada de él, pero lo recuerdo por su fineza, cariño y casi amistad.”

A los estudios sobre los efectos de la tortura, Paz Rojas y sus equipos abordaron también ciertas técnicas para resistirla, enfrentando a la vez otros crímenes como la desaparición forzada de personas y las ejecuciones sumarias. Y, como si no fuera poco, siguió con estudios en torno a la impunidad para luego centrar su atención en los victimarios, elaborando perfiles de torturadores.

Así, nos enfrentamos en estas páginas a la siguiente definición que nos entrega la autora:

-La violencia a la que nos enfrentamos es especial. Viene desde el poder y alcanza su máxima expresión con las dictaduras. Al tratar sus consecuencias, por años avanzamos en la hipótesis de que es la mayor y la más perversa de las agresiones humanas en el mundo actual. Tiene una múltiple dimensión desestructuradora: sobre la persona, la familia,la sociedad y “el conglomerado jurídico, histórico y territorialmente demarca do” que constituye un país. Se apropia de todos los poderes del Estado, transformándose así en una violencia institucionalizada.-

Cuando Paz Rojas recibió el año 1999 en Oslo el Premio Lisl y Leo Eitinger, en sus palabras de agradecimiento y como digna hija de Manuel Rojas, en un claro guiño a García Márquez y su discurso del Nobel, “la soledad de América latina”, Paz se refirió a “El dolor de América Latina”, y narra sus primeras experiencias inmediatamente después del golpe, cuando tuvo que atender a las primeras víctimas de la dictadura:

“Aún permanece nítida en nuestra mente la imagen de una mujer adolescente, con el cuerpo desgarrado, los senos quemados, de expresión lejana, ausente y mirada vacía, como si su interioridad estuviera perdida en el infinito y en el silencio.

Ante ese encuentro brutal, predominó en nosotros el desconcierto, el estupor y el asombro, que aún nos persigue hasta estos días. Esa materia estaba ausente de los textos médicos y, por supuesto de cualquier enseñanza. Era la confirmación de la negación ancestral a reconocer la existencia de la agresión humana”.

“No habíamos aprendido eso, insistía Paz Rojas al recibir ese premio, e ignorábamos todo acerca de esos trastornos. No contábamos con pautas diagnósticas ni menos terapéuticas, y la bibliografía sobre ese tema, especialmente en América Latina, era escasa.

Lo único evidente, concluía la Dra. Rojas, era la etiología: una agresión lúcida, consciente y planificada para destruir y demoler a otro ser humano.”

“Recordar. Violación de derechos humanos: una mirada médica, psicológica y política” contiene cerca de 400 páginas de ensayos en torno al horror analizado desde todas las mirada posibles, pero con una constante que nos devuelve a lo que podríamos imaginar una esencia de la condición humana: en la descripción del terror, en la disección de los componentes del terrorismo de estado y la violencia institucionalizada, en cada caso, en cada ejemplo o conclusión, hay asombro. Asombro de lo que somos, asombro ante la crueldad, asombro de lo que hemos sido capaces.

Y Paz Rojas, como mucho antes Primo Levy, o el propio Semprún de “La Escritura o la Vida”, sabe que más allá del asombro, finalmente el horror debe ser nombrado, aunque cada letra nos condene a todos a morir un poco.

Porque finalmente, la brutalidad puede ser una persona aterradoramente normal que nos sigue aguardando a la vuelta de la historia.

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