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Por César Castaño

“Quizás sea porque a través de la memoria podemos comprender el pasado, apoyarnos en ella para actuar en el presente y decidir diferente… “

“Entre 1941 y 1945, durante la Gran Guerra Patria, murieron millones de niños soviéticos: rusos, bielosrusos, ucranianos, judíos, tártaros, letones, gitanos, kazajos, uzbekos, armenios, tayicos…”. Empleando esta cita a modo de prefacio, Svetlana Alexiévich, ganadora del Premio Nobel de Literatura 2015, presentó ´Últimos testigos´ libro que recoge los testimonios de decenas de bielorrusos que vivieron la guerra siendo niños.

Alexiévich no tiene pretensiones historicistas en apoyar tal o cual versión de lo sucedido. De hecho renuncia a la contextualización para poder dedicarse a “ese espacio minúsculo que ocupa un solo ser humano”. A través de una minuciosa superposición de testimonios orales, enlaza l os relatos de unos y otros dando una identidad individual a todos.

La escritora no interrumpe, mucho menos interpreta. Su única intervención tiene lugar en la cita con que abre el libro: “Mucho tiempo atrás, Dostoievski formuló la siguiente pregunta: ¿Puede haber lugar para la absolución de nuestro mundo, para nuestra felicidad o para la armonía eterna, si para conseguirlo, para consolidar esa base, se derrama una sola lágrima de un niño? Y él mismo se contestó: No. Ningún progreso, ninguna revolución justifica esa lágrima. Tampoco una guerra. Siempre pesará más una sola lágrima”.

En el texto cada adulto se transforma en uno de esos niños que se vieron enfrentados a luchar y sobrevivir en medio de una guerra que llegó un día cualquiera incendiando sus hogares, devastando todo a su paso y asesinando a sus padres en la mayoría de los casos.

Algunos de los protagonistas afirman que no comprendían lo que era la muerte cuando sus padres desaparecieron, así que siguieron esperando su regreso. “He cumplido 51 años y tengo mis propios hijos”, relata una mujer que perdió a sus padres en un bombardeo cuando tenía ocho años. “Y sin embargo todavía sigo queriendo que venga mamá”.

Tras la lectura de este aleccionador texto vale la pena preguntarse ¿Tiene alguna utilidad hablar en estos tiempos de la Segunda Guerra Mundial? ¿Para qué traer a la memoria éste y otros terribles sucesos de la historia si ya nada podemos hacer?

Quizás sea porque a través de la memoria podemos comprender el pasado, apoyarnos en ella para actuar en el presente y decidir diferente, para cambiar el futuro y evitar que en un par de décadas sigamos escuchando testimonios de sobrevivientes.

Estos aleccionadores relatos se pueden condensar en una de esas voces privilegiadas hasta cierto punto, porque no engrosaron la lista de los casi trece millones de niños muertos que produjo la guerra. La voz de un adulto que evocando esa infancia sumida en el horror, concluye: “Vi cosas que no se deben ver… Cosas que un ser humano no debe ver. Y las vi siendo un niño…”.

Exasesor Oficina del Alto Comisionado para la Paz.