El ángel de la muerte no pide perdón

elindependiente.com

Por Fernando Mas

El ex militar argentino Alfredo Astiz fue condenado el miércoles a cadena perpetua en el macrojuicio de la ESMA por los crímenes durante la última dictadura (1976-1983)

En la solapa izquierda de su chaqueta gris, una escarapela con la bandera argentina. Entre las manos, dos libros. Uno, Mentirás tus muertos, de José D’Angelo. Camisa blanca, corbata, un gesto seco y una mirada en el infinito. “Nunca voy a pedir perdón”.

En la sala del tribunal, separados de los acusados por un cristal, los familiares de decenas de desaparecidos y asesinados con sus fotos de cuando entonces. En la calle, delante de una pantalla gigante, más. En la planta superior del juzgado, los familiares de los militares sentados en el banquillo. Cantan el himno nacional (Oíd mortales el grito sagrado / libertad, libertad, libertad…). “Nunca voy a pedir perdón”.

El tribunal lee la sentencia. Cinco horas, 54 imputados. Sólo seis absueltos, 29 cadenas perpetuas, 10 condenas de entre ocho y 10 años. Diez minutos leyendo delitos de un solo condenado. Diez minutos. “Nunca voy a pedir perdón”.

***

El 24 de marzo de 1976, con el inicio del otoño, los militares argentinos derrocaron al gobierno de María Estela Martínez de Perón e implantaron una dictadura que concluyó el 10 de diciembre de 1983. Durante esos siete años, miles de personas fueron secuestradas, desaparecidas, torturadas, asesinadas. Las que tuvieron suerte -suerte relativa- huyeron y se exiliaron. Otra forma de morir.

En el 8151 de la Avenida Libertador, en el barrio de Núñez, al norte de la ciudad de Buenos Aires, se situaba la Escuela de Mecánica de la Armada, un centro de formación militar. Uno de los militares golpistas, el almirante Emilio Eduardo Massera, ordenó convertirlo en uno de los espacios de tortura de la dictadura. En el Casino de Oficiales ubicó su sede el Grupo de Tareas 3.3.2, un eufemismo para referirse a los torturadores. Hoy, la Escuela de Mecánica de la Armada es un Museo en memoria de los detenidos-desaparecidos. Memoria.

Sótano del Casino de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), que se convirtió en un centro de torturas durante la última dictadura argentina.

“Durante días fui sometido a la picana eléctrica aplicada en encías, tetillas, genital, abdomen y oídos. Conseguí sin proponérmelo, hacerlos enojar, porque, no sé por qué causa, con la picana, aunque me hacían gritar, saltar y estremecerme, no consiguieron que me desmayara. Comenzaron entonces un apaleamiento sistemático y rítmico con varillas de madera en la espalda, los glúteos, las pantorrillas y las plantas de los pies. Al principio el dolor era intenso. Después se hacía insoportable. Por fin se perdía la sensación corporal y se insensibilizaba totalmente la zona apaleada. El dolor, incontenible, reaparecía al rato de cesar con el castigo. Y se acrecentaba al arrancarme la camisa que se había pegado a las llagas, para llevarme a una nueva sesión”. (Testimonio del Dr. Liwsky ante la Comisión que investigó a la dictadura).

En la ESMA se violaba a mujeres embarazadas, allí se las hacía parir en soledad y allí los milicos robaban a los recién nacidos que luego llegaban a manos de personas vinculadas a la dictadura. Las Madres de Plaza de Mayo -insultadas, denostadas y tratadas de locas durante tiempo- han podido localizar a más de un centenar de niños robados.

En ese espacio de tortura se organizaron algunos de los llamados vuelos de la muerte. Los detenidos eran trasladados a aeródromos próximos y, sedados, subidos a aviones y lanzados aún con vida al Río de la Plata. Un proceso exterminador que contó con la connivencia de otras dictaduras de la zona (Chile, Uruguay, Paraguay) en la conocida como Operación Cóndor.

Argentina salió el 10 de diciembre de 1983 de la dictadura. Raúl Alfonsín, de la Unión Cívica Radical (UCR), subió al poder. Cinco días después se puso en marcha una comisión (CONADEP) para investigar los crímenes de la dictadura. De aquélla comisión surgió Nunca Más, el conocido como Informe Sábato, que sin la menor duda atestiguó la desaparición de al menos 8.961 personas. “Es una lista abierta”, se dijo. Se habla de más de 20.000 desaparecidos. Incluso de 30.000. D’Angelo, el autor del libro que Astiz sujetaba entre sus manos en el juicio y a la sazón también militar, lo niega. Habla de un tercio: 10.000 como mucho. Como si la gravedad estuviera en los números.

“Las mujeres que eran detenidas embarazadas o llegaban desde otros centros para dar a luz en la ESMA representan uno de los cuadros de horror más grandes, de mayor crueldad que pueda planificar y llevar a cabo un individuo; el llanto de bebés mezclado con gritos de tortura”. “…arrancados a sus madres a los dos o tres días de nacidos con la promesa de que serían entregados a sus familiares y que sin embargo siguen desaparecidos”. (Testimonio de Nilda Noemí Actis Goretta).

La derrota en la Guerra de las Malvinas (1982) aceleró el desmoronamiento del régimen. Allí estuvo Astiz, al que apresaron los ingleses en cuanto quisieron. Lo reclamaron por genocidio gobiernos extranjeros. El francés, por ejemplo. Por el asesinato de unas monjas que ahora pesan en su condena. Los militares se vinieron abajo pero antes de abandonar el poder y ¿permitir? la vuelta a la democracia trataron por todos los medios de evitar la revisión del pasado. Así, el últimogobierno de la dictadura publicó el Documento final de la junta militar sobre la subversión y la lucha contra el terrorismo y dictó la ley 22.294 con un sarcástico nombre: ley de Pacificación Nacional. Una norma que, sencillamente, amnistiaba a los presuntos genocidas.

Argentina, un país confuso en muchos aspectos, decidió continuar. Alfonsín lanzó una serie de medidas para evitar el olvido. El 13 de diciembre de 1983 dos decretos permitían el enjuiciamiento de militares y organizaciones armadas. El 15 se creó, como se ha dicho, la CONADEP. El día 22 se derogó la ley de Pacificación Nacional. Se procesó a los líderes de la dictadura y se siguió y se sigue sentando en el banquillo de los acusados a otros asesinos. Han pasado 41 años del comienzo de la dictadura y los juicios continúan.

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El miércoles, el ex capitán de fragata Alfredo Astiz fue condenado a cadena perpetua como responsable de los vuelos de la muerte, delitos de lesa humanidad. Con él, otros 29 represores, incluido Jorge el Tigre Acosta, también ex capitán de fragata. Ambos del Grupo de Tareas 3.2.2.

Con la lectura de las condenas -tan prolija en la enumeración de delitos que se prolongó durante cinco horas- concluyó un juicio de cinco años celebrado en el Tribunal Oral Federal Nº 5, integrado por los jueces Daniel Obligado, Adriana Palliotti y Leopoldo Bruglia. Este tribunal certifica la existencia de los vuelos de la muerte como una de las mecánicas de extermino urdidas por los militares.

Las crónicas de los medios argentinos cuentan que Astiz, el ángel rubio, el ángel de la muerte, se levantó y en su alegato final dijo: “Los organismos de Derechos Humanos son grupos de persecución y venganza. Nunca voy a pedir perdón”. Cadena perpetua. Memoria histórica.

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