La incansable espera de los sobrevivientes de las dictaduras

eju.tv

Foto archivo. ANF

La Paz, 24 de diciembre (ANF).- Cinco años y nueve meses es el tiempo que llevan en vigilia las víctimas de las dictaduras en un precario campamento, al frente del Ministerio de Justicia, en busca precisamente de eso: justicia.

Todos conforman la Plataforma de Víctimas de la Dictadura, son ancianos de la tercera edad, muchos sin jubilación ni seguro médico porque no pudieron aportar para su salud ni para una pensión por hacer frente y estar perseguidos durante los regímenes militares (1964 a 1982). La mayoría padece enfermedades propias de su edad avanzada, que se agrava por las secuelas de las torturas sufridas en el pasado: dolor de oído, de cabeza, problemas de pulmón, de riñones; otros además tienen amputaciones.

Se trata de luchadores sociales que resistieron el dolor físico y psicológico en las dictaduras más sangrientas: les reventaban la piel a palos, les perforaban los músculos con objetos punzocortantes, les sumergían en orines y excremento, les reventaban los tímpanos a golpes, hasta les amputaban los miembros. Muchos fueron desaparecidos y ejecutados extrajudicialmente.

El Gobierno les pide certificados y testigos de las torturas sufridas para responder a sus demandas, que se enmarcan en las leyes nacionales e internacionales: resarcimiento justo, identificar a los responsables de los regímenes militares y honrar a los asesinados.

“No hay voluntad política para resolver el problema, están esperando que nosotros muramos aquí todos para que se extinga el derecho, un gobierno revolucionario no quiere resolver nuestras demandas”, lamenta Julio Llanos, octogenario, luchador social, presidente de la Plataforma.

Llanos, como muchos de los que ahora están en la vigilia, sufrió cárcel, tortura y hasta la amputación de un dedo de la mano.

Debido a que el Gobierno no hace caso a sus demandas, armaron un albergue provisional que permanece por más de cinco años, y está ubicado en el Paseo del Prado de La Paz, al frente del Ministerio de Justicia. La “casa” tiene como paredes planchas de madera prensada, cubiertas por murales y pinturas con motivos de sus pedidos. El techo es de calaminas de plástico y metal, y como único piso la acera.

Al ingresar a la precaria construcción se ve inmediatamente en la pared interior un altar con las 25 personas que fallecieron en lo que va la vigilia. Una pequeña mesa, sillas y bancos que cortan el paso. Una máquina de escribir con muchos años yace sobre un pequeño mueble de madera, un televisor de 14 pulgadas a blanco y negro observa desde un rincón, un parlante utilizado para poner música de protesta luce siempre arruinado. Muchos de los objetos con que cuentan fueron donados por personas de buena voluntad. De la entrada, a la mano derecha, un pequeño espacio funciona como cocina y se ve a una mujer mayor haciendo preparativos. A la izquierda solo hay cosas acumuladas a donde acude Victoria López, mujer de más de 60 años, secretaria general de la plataforma, para buscar algunos documentos de interés.

Mantener una vigilia por más de cinco años es una tarea titánica para cualquiera, y mucho más para longevos con escasos recursos. Pero la fuerza de voluntad y la convicción de sus principios hace que los sexagenarios persistan en su lucha, pese a recibir siempre amenazas y haber sido víctimas de tres ataques hasta el momento.

El primer ataque ocurrió en 2013. La secretaria general sufrió la rotura de la cabeza y lesión en el brazo derecho. “En esa oportunidad aprehendimos al agresor y lo entregamos a las autoridades correspondientes y no se hizo ninguna investigación. Suponemos que era un agente del Gobierno”, sostiene Llanos.

Al año siguiente, en febrero de 2014, cuando realizaron una protesta por la falta de investigación del primer atentado, “esa noche nos

incendiaron la carpa, fueron afectados tres compañeros que estaban durmiendo”, recuerda.

De las cenizas tuvieron que reconstruir su campamento, como lo llama don Julio. La precariedad llegó al extremo, no tenían techo ni muebles, y lo peor, lo más importante, documentos con denuncias sobre las dictaduras se perdieron.

Llanos está convencido de que el incendio lo provocaron gente del partido de Gobierno, porque esa noche ellos estaban bebiendo en la oficina de Derechos Humanos afín al MAS.

De esa experiencia guarda un buen recuerdo del entonces diputado Fabián Yaksic, quien pese a no ser de su afinidad política se solidarizó con ellos. “De las calaminas le debemos un gran favor al señor diputado Fabián Yaksic”, dice Llanos.

Recuerda que cuando se pagó el segundo aguinaldo por primera vez, el diputado tomó la palabra en el Legislativo y sugirió a sus colegas destinar ese dinero “a las víctimas que están en El Prado” con su campamento quemado, y por ello fue criticado. Pero “este señor, fiel a su compromiso, un día nos llamó”.

“El señor Yaksic nos dio su segundo aguinaldo y fue muy oportuna su ayuda, porque estuvimos en la calle con todo nuestro campamento quemado”, recuerda.

Con ese dinero donado por Yaksic compraron las calaminas, dice que su gesto fue muy noble porque los políticos considerados de izquierda nunca se solidarizaron con ellos. “Estamos muy agradecidos, aunque no somos de su partido, pero ha sido un compromiso de hombre que lo ha cumplido”, dice.

Otro señor del que no da su nombre les consiguió el televisor blanco y negro antiguo, otra persona donó el reproductor de CD y un parlante grande muy antiguo que “ya está muy mal y hemos hecho arreglar”. Alguien también les prestó la mesita que usan para recibir a las visitas.

Poco a poco se fue nuevamente implementando el campamento para continuar con la protesta y exigir sus derechos, pero el espacio ganado ya no fue el mismo. Y un reciente ataque ocurrió la madrugada del lunes 23 de octubre, cuando desconocidos, a eso de la 01.15, patearon las carpas y golpearon con palos y otros objetos contundentes, lanzaron insultos y luego huyeron.

“Por los tres ataques no existe ninguna investigación en la Policía”, asegura Llanos.

Antes más personas se quedaban a dormir, pero ahora sólo entre cuatro a cinco. Ya “no podemos, nos han destruido, nos han quemado, ya no tenemos frazadas, no alcanza”, señala.

El temor a ser asaltados siempre está presente. Por las noches quienes se quedan a cuidar el campamento no pueden dormir: por el ruido, por el frío y el temor a una nueva agresión. “Se levantan, caminan, vigilan, porque estamos susceptibles de que pueda haber cualquier día un atentado”, dice llanos.

“El otro día vino un señor y nos dijo: ‘hasta cuándo van a estar ustedes acá, es una vergüenza’, y nos quiso agredir, sacó su cinturón; tememos una nueva agresión”, afirma.

Autosostenimiento

El grupo de vigilantes practica la ayuda mutua. Su único ingreso es la renta dignidad de 250 bolivianos al mes y la solidaridad de la población.

“Para nosotros es un alivio cuando hay feria, el pueblo paceño viene y deja en nuestra cajita unas monedas y con eso nos mantenemos”, asegura don Julio que muestra una pequeña caja de madera que tiene izada al lado de una pequeña bandera de Bolivia. Pero, es diciembre y la feria fue suspendida.

Otros miembros de la Plataforma, cuando vienen de visita, desde el interior del país y el área rural, traen papa, chuño y algunos productos de la época. “Con eso sobrevivimos”, sostiene.

La vigilia está conformada por 10 personas: cinco están en el día y otras cinco durante la noche, y personas como don Julio y doña Victoria están durante el día. Deben cuidar lo poco que tienen.

Por las mañanas, las cinco personas que se quedaron por la noche, hacen su desayuno: avena o sultana con pan. Por la tarde se come ají de fideo, sopa de maní, o lo que alcance.

Los miércoles hay reunión general y ahí llegan más de 30 personas, que deben ser atendidas.

Llanos llega cada día a las 09.30 y atiende a los ocasionales visitantes junto a Victoria López.

Los visitan estudiantes, académicos y gente de otros países interesados en su problemática. Piden testimonios, piden datos, otros vienen a hacer sus tesis. “El otro día vino un señor mexicano, nos ha hecho trabajar dos días enteros y en las noches más, se ha llevado documentación, estaba muy sorprendido de lo que ocurre acá, también ha llegado personas de Francia, de Italia”, indica.

Hay académicos que a modo de colaboración les dejan libros para la venta a cambio de una comisión. “Así es nuestra rutina, el resto se queda acá, ponemos música de protesta”, señala Llanos.

Lamenta que con ellos ni siquiera se cumpla la ley del Adulto Mayor. Se encuentran relegados de sus derechos. Llanos cuestiona que el presidente Evo Morales exija su “derecho humano a ser candidato”, mientras que los derechos humanos de ellos están siendo permanentemente vulnerados por el Gobierno.

Está la Ley de Protección a la Mujer y “a la compañera Victoria le han roto la cabeza en un atentado criminal en este Gobierno y no se investiga”.

Al igual que sus demás compañeros, orgulloso de su aporte para la conquista de la democracia, Llanos puntualiza que el Gobierno no se atreve a acusarlos de proimperialistas, como hace frecuentemente con otros políticos de izquierda y disidentes, porque –asegura- “no somos antiimperialistas de palabra, de discurso, nosotros hemos nacido antiimperialistas”.

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