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El historiador participó de La noche de la Filosofía. Las ocho mejores frases de su ponencia.

1.- A lo largo de los años noventa surgió una variante de la memoria del Proceso, que podemos llamar “militante”. Resurgió una épica nostálgica de los setenta. Se declaró, o reconoció, que muchas “víctimas inocentes” habían sido militantes revolucionarios. Se recuperó su pasado, y también los valores de la llamada “juventud idealista”. Finalmente, en las palabras se revaloró su estrategia y su táctica. Esta nueva Memoria modificó las existentes. Las organizaciones de derechos humanos radicalizaron su postura intransigente.

 

2.- Por influjo de la nueva militancia pasaron de su reclamo inicial de justicia, memoria y verdad, a la reivindicación de la violencia armada y el asesinato por parte de su figura emblemática, Hebe de Bonafini.

 

3.- La sutura de 1983 comenzó a rasgarse. Se desgarró completamente desde 2004. El gobierno y las organizaciones de derechos humanos, incorporadas a la alianza política gobernante, construyeron una nueva versión, sustancialmente distinta de la de 1983. Los buenos eran los militantes de los setenta, las Madres y los Kirchner. Del otro lado quedaban los militares, sus cómplices civiles y todos los anteriores gobernantes de la democracia. La línea fue tajante, el maniqueísmo se profundizó y sus expresiones pasaron de lo verbal a los escraches y de allí a una Justicia orientada hacia la revancha.

 

4.- La versión, fuertemente conflictiva, va más allá de los kirchneristas. Se ha convertido en una creencia, con sus dogmas incuestionables. Uno de ellos es la cifra de los 30.000 desaparecidos. Quien niega la cifra es un miserable negacionista. Sobre verdades de fe los historiadores no tenemos nada que decir.

 

5.- Enfrentamos uno de los problemas que la construcción de su Memoria puede generar en una colectividad. Hay un combate que bloquea el desarrollo de cualquier proyecto colectivo para un país que necesita tomar algunas decisiones y pensar para adelante. No nos ayuda, no nos es útil.

 

6.- Debemos recuperar algunos valores del proyecto democrático inicial, afectados por este giro de la memoria. Uno de ellos es la valoración del Estado de derecho y de la igualdad ante la ley. El otro son las garantías individuales, los derechos humanos, cuyo valor consiste en que rijan para todos, y especialmente para las minorías, incluso los reos, por horrible que haya sido su crimen. El trabajo de los historiadores consiste en comprender antes que en juzgar.

 

7.- Esto puede aplicarse al problema de la violencia asesina o terrorista. ¿Cuándo comenzó en la Argentina? ¿De quién fue la culpa? Nadie ha sido ajeno, ni es “inocente” en el sentido religioso del término. A la vez, nadie es totalmente culpable. A los ojos de quien quiere comprender, todos los actores, activos o pasivos, se ubican en alguna de las gradaciones de un gris infinito.

 

8.- La violencia nos pasó a todos, nos victimizó a todos. Si queremos reparar los daños, también debemos hacerlo entre todos. Y entre esos daños se encuentra una memoria traumática, que hay que curar. Hacerlo es responsabilidad de la sociedad y el Estado, es decir de la política. Quizá podamos llegar a ese final que hace unos años nos dibujó Héctor Leis: un único monumento que recuerde a todos los muertos durante los años de la violencia, sin otra indicación que el orden alfabético. El mensaje es que, de un modo u otro, todos fueron víctimas. No sé si es verdadero, pero con seguridad sería muy útil.