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Ramona Lajuj, embarazada de 8 meses, y su hijo de 5 años desaparecieron el 14 de mayo de 1982, cuando el Ejército de Guatemala los metió en un helicóptero con destino desconocido. Sus rostros forman parte de un museo que busca tejer con memoria la historia del conflicto.

En Rabinal, un pequeño pueblo de la provincia de Baja Verapaz, las huellas de la guerra civil no se han borrado. La mayoría de sus habitantes, de la etnia maya-achí, no olvidan. No pueden olvidar. Las heridas son recientes. No han cicatrizado todavía.

Solo durante cuatro años, entre 1980 y 1984, el ejército y los paramilitares masacraron al 20 % del pueblo: más de 5.000 personas, la mayoría de ellas indígenas, murieron. Muchas no han podido ser sepultadas por sus seres queridos, que años después tienen sed de Justicia, de reconciliación con el pasado.

Para calmar esta ansia, la Asociación para el Desarrollo Integral de las Víctimas de la Violencia en Las Verapaces Maya Achí creó el Museo Comunitario de la Memoria Histórica, el primero del país en el que las comunidades son miembros participativos e incluyentes.

En uno de sus espacios se dignifica a las víctimas con la memoria de los “hermanos” de varias comunidades que durante 1980 y 1984 fueron víctimas del genocidio en el área de Rabinal. Acabaron con su tejido social y con su identidad.

Los rostros de líderes comunitarios y religiosos, sacerdotes mayas, comadronas, curanderas, artesanos, adultos, madres embarazadas o ancianos ocupan las cuatro paredes de un espacio que se queda pequeño.

Los ojos fijos de Marta Julia -a punto de dar a luz-, Laureano, Lorenzo -delegado de la palabra de Dios-, Mateo o Magdalena -ama de casa- miran al centro, al espectador. En el medio de la sala, una lista interminable también da nombre a todos los niños y adolescentes.

La mayor parte de ellos siguen “en paradero desconocido”. Conforman ese gran listado del que Guatemala ocupa la primera posición: es el primer país de Latinoamérica con mayor número de víctimas de desaparición forzada durante la guerra, unas 45.000.

Julio Chen Chen tiene a su gente ahí. Su sobrino Emilio Osorio, que tenía 9 años, está “desaparecido”. Otros 19 familiares, entre hermanos, tíos y compadres, perdieron la vida en varias masacres. Años después no encuentra sosiego, la Justicia para él no existe: “Mientras jefes militares, comisionados y patrulleros andan libres, nuestros familiares están muertos”.

“El Gobierno no ha resarcido la sangre de los muertos”, clama con una angustia que le da valor para señalar a algunos de los culpables como el exdictador Efraín Ríos Montt (1982-1983) o exjefe del Estado Mayor General del Ejército Manuel Benedicto Lucas García, hombres a los que no duda en llamar “Herodes” por su falta de piedad y sus innumerables atrocidades.

Este museo, que promueve la reconciliación local y nacional para que las futuras generaciones tengan conciencia, para no repetir la violencia del pasado, también da a conocer la identidad cultural Maya Achí y dignifica a las víctimas, con la denuncia de cementerios clandestinos, la identificación de las osamentas y su entierro en un lugar digno.

Logran descanso y un ápice de esperanza para pasar del silencio a la memoria. A la memoria histórica. Porque uno se muere cuando lo olvidan y en Rabinal no olvidan.